EL MUNDO

China lanza su mayor advertencia a Trump sobre Taiwán

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- El acercamiento con Rusia que propicia Donald Trump y sus cabriolas diplomáticas con China amenazan por provocar una grave crisis internacional a corto plazo.

Las cancillerías europeas siguen con extrema inquietud la desordenada actividad diplomática del futuro presidente que, a un mes de ingresar a la Casa Blanca, llevó las relaciones con China a un punto de tensión sin precedentes.

Pekín no se esfuerza en disimular la irritación que le produjo la actitud de Trump el 2 de diciembre, cuando aceptó responder el llamado telefónico de la presidenta taiwanesa Tsai Ing-Wen. Ese simple diálogo constituyó un gesto político de enorme significado porque rompió con 40 años sin contactos de alto nivel entre Washington y los dirigentes de la isla que Pekín considera como parte de su territorio.

“Fue un enorme error”, comentó Christopher Hill, que fue secretario de Estado adjunto para Asia Oriental y el Pacífico durante la presidencia del republicano George W. Bush. La “tendencia a la improvisación” de la nueva administración es “particularmente alarmante”, sostuvo.

El Gobierno de Pekín realizó en los últimos días dos demostraciones de fuerza para indicar que está perdiendo la paciencia con sus provocaciones.

Por un lado, el viernes y el martes último envió bombarderos nucleares de largo alcance H-6 hasta la llamada Nine-Dash line (línea de nueve trazos), que define las docenas de islas y un sector del Mar de China Meridional que Pekín reivindica como “aguas territoriales nacionales”.

Por otra parte, los satélites de inteligencia norteamericanos detectaron un intenso movimiento de camiones y trenes del Ejército que habían comenzado a transportar componentes para la versión china del sistema de misiles tierra-aire SA-21 hacia el puerto de Jieyan, en el sur del país. De allí parten en general los barcos con material militar para las islas en el Mar de China Meridional. Esos misiles, derivados de los cohetes rusos S-400, tienen un alcance de 500 km.

Por si no había comprendido los otros mensajes, el vocero del Gobierno chino advirtió que el camino que pretende iniciar Trump “no afecta solo a los intereses fundamentales de las relaciones entre China y Estados Unidos, sino también a la paz, la estabilidad y la prosperidad de Asia-Pacífico y del resto del mundo”.

El periódico oficial Global Times fue aún más concreto al señalar que, si Trump abandona la política de “una sola China”, Pekín no tendría motivos para “anteponer la paz al uso de la fuerza para tomar de nuevo Taiwán”.

Pekín también mostró signos de irritación cuando Trump denunció por twitter las “manipulaciones monetarias” del Gobierno y algunos ejes esenciales de la estrategia comercial china. “¿Es que China nos pregunta si puede devaluar [su] moneda para dopar sus exportaciones?”, escribió el domingo pasado en un twitter, que fue recibido en Pekín como una manifestación de insolencia.

Por una vez, China no es totalmente responsable del derrumbe de su moneda, como debería saber cualquier dirigente mundial que se precie.

La divisa china, que se cotiza actualmente en torno a siete yuans por dólar, se encuentra en su nivel más bajo de los últimos ocho años, a pesar de los esfuerzos del régimen para controlar las fluctuaciones de su moneda. Pero el fenómeno actual, según la mayoría de los expertos, aparece como un efecto mecánico de la vigorosa recuperación del dólar en previsión de un posible incremento de las tasas por parte de la Reserva Federal (Fed).

Pero el aspecto más conflictivo es el ataque de Trump contra la política de “una sola China”, posición que constituye la base de las relaciones entre ambos países desde la histórica visita de Richard Nixon a Pekín en 1972. La impugnación de esa doctrina es un casus belli para China, que nunca aceptó la pérdida de esa isla en la cual se refugiaron el mariscal Chiang Kai-Shek y su Ejército “nacionalista” despues de la derrota frente a las fuerzas de Mao Zedong en 1949. La “reunificación” de la nación china constituye una de las principales reivindiciaciones del Partido Comunista Chino (PCCh), sobre todo después del regreso de Hong Kong y Macao a la “madre patria”, en 1997 y 1999.

Estados Unidos se comprometió hace años a esperar que el tiempo haga su trabajo para que algún día Taiwán acepte la “reunificación”. Pero a condición de que el país decida libremente y que China se abstenga de todo gesto de hostilidad hacia la isla.

La situación se tensó a comienzos de año con la llegada al poder de Tsai Ing-Wen, líder del partido independentista DPP. Tsai prometió no modificar el statu quo, pero bloqueó el acercamiento realizado en los últimos años por los gobiernos anteriores.

Cuestionar el principio de “una sola China”, que deben reconocer todos los países que tienen relaciones diplomáticas con Pekín, significa asumir un riesgo grave que puede tener consecuencias a corto plazo.

Los dirigentes de Pekín —que nunca perdieron su tradicional paranoia— tienen la impresión de que Trump se prepara a destejer la trama armada por Henry Kissinger en los años 70, cuando cambió el curso de la guerra fría al negociar secretamente con la China de Mao a espaldas de la URSS. El futuro presidente parece dispuesto a proceder al revés: cultivar buenas relaciones con Pekín para “contener” a China, considerada como el país más amenazador.

El problema es que el próximo ocupante de la Casa Blanca mueve las piezas de ese ajedrez geopolítico sin consultar con los especialistas del Departamento de Estado. Cambiar la orientación de las relaciones con Pekín y Moscú no representa una simple evolución de la política exterior, sino una profunda transformación de la estrategia de gran potencia de Estados Unidos. Al advertir esa improvisación, el senador demócrata Chris Murphy, no pudo resistir a la tentación de transmitir un mensaje de desconsuelo por twetter: “Es así como comienzan las guerras”, advirtió.

Con información de www.elsoldemexico.com.mx

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